Mi casa estaba en una calle adoquinada, con poco tránsito.
El movimiento del barrio era tranquilo y todos los días se repetían “Escenas de vereda”, esas en las que uno se detiene a hablar con los vecinos de todo un poco.
Un día comenzaron los trabajos de pavimentaciòn, con grandes máquinas, ruidos... mucho ruido.
Cuando terminaron, quedó liso.
“Mis adoquines” ya no estaban, ni se escuchaban los pájaros a la mañana poque la calle se llenó de autos a velocidad, bocinas, alarmas...
El volúmen de ruido aumentó sin cesar.
Así que, como ya no me despertaba con el canto de los pájaros, me compré un despertador y empecé a fastidiarme con las novedades.
Más autos, más autos... llegaron las demoliciones de las casas viejas, crecieron las torres... y mi barrio? Y Don Pascual y su amigo Cosme?
Yo tambièn me fui... me llevé en la mochila de la mente, mis queridos adoquines, mi tango lido de barrio con olor a comida y azahares de primavera.
Lloré dibujos de adoquines que florecieron en piezas contundentes de joyeria maleva, poniendo en esta serie un fragmento de mi vida.